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25 Mar 2022

EL PULSO DE LA VIDA

(Viernes, 25 de marzo de 2022)

 Parece que redoblan los tambores de guerra no muy lejos de aquí, en donde me encuentro, pero esta percepción, como cualquier otra, es relativa, intransferible e individual. Habrá incluso quien los oirá todavía más cerca; otros  más alejados; y los  que se harán voluntariamente los sordos para no prestar atención a esa percusión sórdida que espanta los oídos. Y es que hay un aforismo español que mantiene que: en la guerra y en el amor, todo vale. Personalmente discrepo, al menos en parte.

Presto atención y escucho claro el redoble en medio del ostracismo del silencio matinal. De fondo distingo el tictac del reloj de pared en su avanzar impertérrito que mitiga los ecos más o menos graves del redoble y de un viento remolón que se ha girado de repente.

Habito en un mundo al que parece no importarle la muerte ni que sea de seres inocentes, es extraño que se dé así cuando la muerte, la propia o la de allegados, es un tema tabú en casi toda cultura porque representa  el fin de nuestra existencia en esta vida  y la idea del más allá cuesta elaborar. Desconocer qué hay detrás de esta vida, en el supuesto que exista algo, me causa, como poco, inquietud a la vez que una indefectible curiosidad.

En cualquier conflicto, hable con el bando que hable, ni que sea por causas de amor,  tiene fundamentados sus motivos  para establecerlo o continuar hostigando. Los hay que guerrean, invaden y matan aún porque no tienen nada que perder porque ya lo han perdido todo, también la dignidad. En consecuencia no poseen nada en absoluto que abandonar. Los habrá  que cometen atrocidades por miedo a las represalias a que se verán sometidos por sus  superiores en la cadena de mando sino acatan las órdenes. Incluso, por suerte,  existen los que no participan del fratricidio para no malgastar lo que todavía no han ganado. También los que quieren preservar su dignidad y/o su principio religioso o moral.  Y los hay que por la aprensión que les causa solo con pensar que podrían verse privados de su acostumbrado bienestar de tomar partido. Los habrá que por rabia y venganza.

En general nadie quiere la guerra en su casa. Y, por chanza, son muchos, los que tampoco en la ajena. Pero siempre hay excepciones. Existen dictadores, autócratas,  Generales y otras especies, que no les tiembla el pulso a la hora de matar para quitarse un estorbo, para ellos, del medio. No suelen dialogar ni ir a guerrear estos. Son más perversos, envían a emisarios a matar y a morir, así la especie al poder se perpetua.

En definitiva que para alguien normal, de poder elegir, la elección será casi siempre que no se guerree y de lo contrario, que se guerree lo más lejos posible si es que no hay posibilidad (valga aquí la redundancia) alguna para detenerla.

El ruido de sables y de tumulto se escucha cada día más cerca. El tufo a desastre también. Su aliento nos invade estos días por doquier. No puedo ser optimista  y actuar como aquel que no oye ni ve, sería un auto de poca responsabilidad. Otra cosa es que adivine o acierte en qué puedo hacer, como puedo ser útil a la paz antes de que me paralice el miedo... Tampoco puedo permitirme se pesimista. Siembre hay una ventana.

No me gustan los tambores, ni las cornetas ni las bayonetas, ni los ruidos de arma blanca; tampoco los disparos, su carga mortífera de plomo; y todavía menos las bombas que aniquilan indiscriminadamente solo para materializar  las intenciones de colonización de unos cuantos en aras de la libertad. Cuantas veces utilizamos la palabra. ¡Ay la libertad!

No es que me alcance el miedo propiamente dicho, pues uno tiene cierta edad y eso que el miedo no discrimina en base a los años, pero sí que, en cambio, esta suele facilitar  intelectualizar mejor el final que me dista más cerca con respecto a una persona joven porque ya he vivido y, a lo mejor, mucho más en comparación. Y no me refiero solo al tiempo, que también, sino a la propia densidad de lo experimentado. Es obvio, claro está, que existe también juventud con una carga de densidad excelsa, me refiero a más grande que a la de un viejo (?) como puede resultar para usted un servidor.

Volviendo a la idea anterior, afirmaba: “no es que me alcance el miedo, pues uno tiene su edad para simplificar casi todo”. Más bien sufro por los cercanos que no han tenido ocasión de vivir tanto de momento porque son más jóvenes. Y por estos como también por todos. Hago referencia a esos rostros conocidos y amables con los que uno ha tenido la ocasión de compartir la vida hasta ahora y después si el buen Dios así lo decide. Es ya una gran chanza si me puedo llevar en el bolsillo esto de este mundo, con independencia de si mis días se extinguen de un disparo acaecido a la vuelta de una esquina pronto o del fuego de una granada. Ya he opinado que el tiempo era relativo.

Expresar que escuché, cuando era niño, relatos y experiencias de guerra y posguerra salidos de la boca de mis abuelos y algún que otro familiar aunque contados, porque creo que les causaba pudor que, además, les despertaba un gran sufrimiento. Quizá todo ello mezclado hacía cerca de lo insoportable la ponzoña de aquel recuerdo. De su lengua siempre escuché que no hay razones justas ni suficientes para que se desate o que justifique un conflicto armado y muchas, como el sufrimiento que conlleva, para extinguirlo de antemano. Pero los pecados capitales acostumbran a poder con el hombre como ser. Y por ello se llaman así y están tan bien detallados, para minorar el despiste. Pero nada de esto es suficiente. Ya se ve.

Inocente de mí creí que nunca vería suceder sus relatos cerca de la que es mi casa en este momento; y nada más lejos, puesto que me queda cerca.

Y mire usted, amable lector, si es azarosa la vida que me (nos) trae el “premio” del exterminio sin haber apostada nada por él. Ni siquiera jugado.

A esta hora el silencio, la quietud y un cielo pesado y plomizo cubre los sonidos de los tormentos, de las muertes y del sufrimiento aún a sabiendas que me llevaré de esta vida eso, pero también seguro de que otras cosas dulces que he tenido la oportunidad de saborear como, a modo de ejemplo, las florecillas que emergen del suelo espontáneamente, complementarán también mi fardel.

A pesar de todo siento la alegría y la emoción del pulso de la vida todavía. A momentos a raudales; otras apenas llegan a ser puras miajas. No soy tan diferente a mi esencia.

Me habla callado el silencio. Los tambores redoblan a la manera de un eco sordo; entretanto los sables ya desenvainados  liberan el clásico zumbido al cortar el aire acompañado del ruido metálico y agudo al batirse. Escucho en mi imaginario el sonido atiplado de los cristales  reventados y hechos añicos por causa de una explosión. Temblar la casa en la cabeza. De súbito enmudezco y me dejo arrastrar por el mutismo de la casa.

Y es que hoy escribo grave, con la pena suelta, la puerta cerrada, y con la atención puesta, además, en el horror que exhiben las imágenes de la guerra que me queda al lado. Creía que estas sucedían lejos. Como me tragué que el virus era cosa de otros países y no del que resido y no tenía que ver conmigo. Me vi ajeno también a eso. No se puede ser más simple. Pero como conoce usted perfectamente, también me (nos) llegó.

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