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05 Sep 2023

CARTA ABIERTA A UN ESCRITOR

“¿Quién es esa chica de Londres? ¿Es real?”. Al final del libro descubro que…

Hace muchos años que leo.  Quizá no tanto como quisiera porque mi lectura es lenta, y a veces llega a  derretirse como un ocioso helado en la mano. 

El dolor causado por el azote del tiempo sobre la espalda de la memoria, acostumbra a  velar el recuerdo. En mí caso, el que intento guardar de lo leído que se entremezcla con otros también humanos. Hablo de vida gastada, por supuesto. No todo son libros. 

Acaso ni hayas oído hablar de quién te escribe y en cambio, a lo mejor,  nos leemos mutuamente sin saberlo.  O yo a ti. Ni que sea por chamba. ¡Qué cosas tiene la vida si nos paramos a pensar! Aunque lo que acabo de manifestar (que no hayas oído hablar de quién te escribe) puede tratarse de una conjetura sin fundamento sólido, ya que podría darse el caso de que supieras de mí por lo que te hayan podido contar los demás. O al revés. Pero aún así, lo que he expuesto, genera mis dudas.  

Conforme vivo, vientos de cambio barren  todo. Aunque es oportuno reconocer que el mismo soplo trae  otros instantes como el de ahora. Es por lo tanto una aventura fantástica, todo y que en ocasiones cuesta verla amigable. 

¿Sabes una cosa?: el mundo por donde caminamos  tampoco es tan grande —a parte de redondo—,  y por mucho que nos intenten hacer creer otra cosa. 

Pero a lo que iba, poco o nada conocemos de lo personal, de lo íntimo, ni siquiera  del intervalo que se da entre lectura y/o escritura. Aunque es poco probable que esa pobreza nos haya hecho ricos, si ha podido espabilar  esa curiosidad por conocer la  génesis ajena. Y es que se suelen buscar los origines al margen de todo. Quiero decir que queremos saber de donde venimos, quiénes somos y por supuesto, quién eres y de dónde vienes. Acostumbra a ser  el común denominador de la fracción humana que representamos, y ese “donde” no acaba en los padres; viene de más atrás, muy atrás y, asimismo,  también de alrededor.  

En ocasiones escuchamos  sobre otros.  Mayormente son interpretaciones sesgadas de una realidad o experiencia que suele coincidir con el poco o  sobrado virtuosismo de alguien, y no con  la suma de todo su universo. Olvidamos con facilidad que somos universales; de igual manera que un espejo  reproduce por entero, pero si se hace añicos serán solo fragmentos.  Pero juntos, ¡ay juntos! El universo.

Pero el tiempo transforma cualquier cosa, como la marea que irrumpe de repente dejándonos atrás  sin avisar. Absolutamente nadie es el mismo  que hace años, ni se desenvuelve igual, y eso aunque respondamos al mismo nombre de pila. Explora cualquier playa después del temporal o de la marea. Ya es otra. Pero hay algo no tan positivo —como creador e intelectual que eres, te lo imaginas—, y es que si de uno no se habla ni mal ni bien, entonces es difícil de sobrevivir en los demás. 

 

“Toqué un simple acorde para escuchar como su eco circulaba a lo largo de la calle”. Bien.

Hubo un tiempo en que nos distanciamos por mi falta de perseverancia en la lectura, la cual cosa sirvió para que perdiéramos esa amalgama sobre la que se fragua una relación: el roce. Nos fuimos alejando mientras uno acababa de leer y otro comenzaba a escribir.  Dejo claro  que  no sé muy bien explicar porqué carajo. No todo tiene un relato; y menos justo.  Y las cosas suceden. Como leí: “Un  camino diverge cuando no encuentra la manera de avanzar en una dirección determinada”. Luego, surgen alternativas que no coinciden con el rumbo inicial y tal vez para llegar al mismo lugar, claro. Tampoco hay tantos lugares que alcanzar. Y uno es la bondad. Párate a pensar en lo que he dicho. 

 

Todo es efímero  por mucho que nos empecinemos en hacerlo durar. Y las novelas también acaban. Sí, todo es efímero, pero a lo mejor está bien que así suceda. Así que, vive como si estuvieras escribiendo una poesía, pero ama como si la recitaras. He escuchado textos que leídos (recitados) por actores no suenan igual  que si los leo sin ese énfasis. El mismo puede resultar anodino. Es la voz virtuosa que lo eleva y ensalza con la dicción.

Pero si además hay algo auténtico en la vida, es que los caminos  suelen ser  muchos, en consecuencia cada cual elige el que cree más conveniente, todo y que en ocasiones  no acostumbra a coincidir con el mejor. 

A toro pasado, uno se vuelve más exigente consigo mismo porque valora que podía haber hecho las cosas de tal o cual  manera. Pero existe un error a mi juicio pensar así,  sin tener  en cuenta el contexto distinto de los “momentos”  moldeados a su vez  por factores que nos afectan. Entonces, por fuerza, la decisión es diferente. Generalmente al menos. Es difícil ser acertados al cien por cien en el  presente con la perspectiva del presente respecto al pasado , y es que  muchos elementos perturbadores nos hechizan en cada instante. Cada instante viene  modelado por factores múltiples. Es por eso que reaccionamos de manera diferente a cosas parejas en diferentes estadios de tiempo.

 

Te escribo….¿por qué diantres te escribo? Ah sí —se me había ido el santo al cielo—, deriva de una pasión que nos une; esa devoción  es escribir.  Nada nuevo.

Alguien me manifestó un día que  tenía  interés por conocer  mi punto de vista como escritor respecto a una obra; acepté la oportunidad, sobre todo de leerla, pero no tanto para efectuar una crítica, si acaso regalar una opinión. Y eso a pesar de que defiendo la ocurrencia de que la crítica de un libro poco valor tiene puesto que nadie, a expensas de su creador,  tiene licencia para realizar un juicio sobre la misma. Pues opino que los libros (en general) pueden ser de nuestro agrado o no; pero nada más. Y que nos resulte de menos agrado tal o cual obra no le priva de su valor intrínseco  en absoluto. Después están las tendencias que  marcan redes sociales, editoriales, publicidad… 

Hay mucha labor detrás de lo que se tiene a bien compartir, me refiero a un texto o lo que sea. Y eso, como he dicho, con independencia de la acogida que tenga. A la par de Rainer María Rilke: “No hay nada menos apropiado para aproximarse a una obra de arte que las palabras de la crítica: de ellas se derivan siempre mal entendidos más o menos afortunados.” Podría darse que  las cosas no sean tan comprensibles ni formulables como se nos quiere hacer creer casi siempre; la mayor parte de los acontecimientos son indecibles, se desarrollan en un ámbito donde nunca ha penetrado ninguna palabra.

 

Para gustos colores, ¿no? Así que no haré una glosa de su petición, mejor: me he entregado  a tu  obra destilando cada frase para elaborar mi experiencia respecto a ella. El criterio es bien simple, y sigue el patrón de mi pensamiento, todo y que a veces es un ejercicio de dificultad ser verdadero en el trato, en las maneras y en las formas. Pero parafraseando a Camus, cuando se da todo de manera verdadera, lo humano y lo sencillo,  se da sin complejos. Y lo que defiendo: lo importante no son las palabras sino lo que estas encierran. Es pues labor del lector descifrarlas y de quién escribe, por supuesto, estar acertado en posibilitarlo.

Reconozco abiertamente  que para mí ha significado una oportunidad y un placer leer, descubrir, y descubrirte (descubriros)  a través de la lectura y lejos de la responsabilidad de la opinión o incluso de la crítica.  Detrás de cualquier personaje de ficción —o no— se desdibuja otro protagonista que casi pasa  forzosamente por el perfil del narrador, con sus aciertos y equívocos como ser humano. Y es que lo humano también nos hace iguales.

En parte, lo escrito, lo que narramos, lleva el sello de nuestra esencia, me refiero a la marca indeleble del alma. Cuesta separarse de ella. Y nuestra esencia la conforman vivencias y emociones entre legiones de cosas. Nada que no sepas.

 “Todo funcionaba a cámara lenta, con un eco permanente que no desaparece y difumina el resto de los ruidos”.  Existen ruidos por los cuales sentimos atraídos (el ruido de la lluvia por ejemplo)  y otros que nos generan aversión, la estridencia  de un motor que irrumpe en la madrugada por ejemplo. Lo mismo sucede con nuestras palabras. 

También amo a las palabras de manera similar, pero acostumbro a decir  que es en el silencio donde nos  encontramos  más incómodos y es ahí donde debemos de “modelarnos”. Quizá la palabra muda es la que más le sugiere al lector avezado. Y la charlatana, la que distrae.

 

En mi opinión, se tratan de libros, artículos… obviamente. A veces, históricos; otras de ficción;… pero casi siempre amenos, rigurosos, encadenados,  ordenados, y lo que es más importante,  bien trabajados. Virtuosos. Conque  todo ello me ha sugerido  disfrutarlas dos veces, puesto que todo hay que elaborarlo por lo menos ese mismo número. Es decir: leer o componer. Siempre leo lo mismo dos, tres veces hasta que lo guardo para leerlo entrelíneas en cualquier otro  momento y tal vez ya con polvo en las tapas.

Durante la lectura, en ocasiones,  me parece advertir en párrafos donde  la pluma se desinhibe, coge  altura, se libera de ataduras y, por consiguiente, vuela libre y alto; y otros, cuando le condiciona el fin mismo de la historia y se escribe simplemente para concluir un relato. Me encanta cuando os percibo sin corsé. 

Y es que acostumbro a toparme  con dos suertes de artistas: el formal y prisionero, y el que se deja llevar por la emoción más que por el relato. 

 

Patear la pelota en la acera de la calle persiguiendo un gol en el alcorque de los árboles a modo de portería, las clases de guitarra…¿se trata de tu niñez por casualidad? Aquí me la juego. ¿El personaje  tiene parte de su creador?  Aquí también. Pero si no lo intento no me equivoco. 

 

Pido comprensión  por el exceso de confianza si en algo he podido estar poco acertado. “Aunque te cueste creerlo, aquel personaje no lo sabe todo porque todo no cabe en mente alguna”. Mi memoria es la que es, pero creo que otro personaje llegó a confesar: “Yo estaba tan metido en la historia como si fuera una espeluznante novela”.

Decirte (deciros) que guardo (o no) los libros subrayados. Es un hábito. Sé que puede resultar irreverente según para quién garabatear las páginas inmaculadas de una libro, más si pertenecen  a un  consagrado autor. Pero lo he practicado toda la vida. Las páginas de  libros que guardo tienen rayas y anotaciones.  Los que he dado, también. Están  así. Es fácil acostumbrarse a esas líneas irreverentes. Incluso encontrarlas puede facilitar la lectura al siguiente lector de lo mismo. En consecuencia he perseverado y no hay  ocasión que omita ese proceder. Sin olvidarnos de que la excepción confirma la regla.

 

Mi padre también subrayaba con lápiz algunas palabras que encontraba  en sus libros.  No  tanto como un servidor, claro. Él lo hacía con palabra aisladas, supongo que para enriquecer su conocimiento de la lengua. Pero indefectiblemente se aprende observando. Invariablemente nos hemos de fijar para progresar. Así que he resaltado, como no podía ser de otra manera,  párrafos del tuyo (vuestros); hasta he ido a lugares en busca de esas marcas que mencionas en la novela inscritas en un misterioso hierro forjado de una verja. Y es que me han sugerido algo especial, por lo tanto  he puesto toda mi atención, amor, consideración, admiración  y celo en leerte (leeros). Como siempre. Y no para construir una crítica ( ¡Al carajo la crítica! ). Nada más lejos. Sino para saber también de los demás, en este caso de ti.  Y me consta que los escritores (profesionales y amateurs) somos exigentes con la crítica y tanto más …con los lectores, tanto que hay veces que incluso se da que llegamos a dudar de si fulano o zutano  ha prestado realmente atención a tanto esfuerzo con independencia de que sean sufridos lectores o afamados críticos, e indistintamente que las obras satisfagan audiencias o no, ya que no todo lo que escribimos tiene ángel ni lo son todos los que nos leen. Pero no tanto con nosotros. Y hay que serlo. 

 

Pero  escribir requiere de un esfuerzo como casi todo en la vida y por ende nos pone a la defensiva delante del que dirán. Pero es que leer también, lo que ocurre es que eso normalmente no es manifiesto. Nadie conoce  como leemos en nuestros adentros. Y como uno lee se acerca a como escribe y quizá hasta cómo se relaciona con los demás.

Hay grandes lectores. Lectores que saborean cada página como si se tratara de un rico helado de cucurucho. Lo mismo ocurre al que narra, sólo que a este se le enfría el café. Somos la cara y la cruz de la misma moneda. Quiero decir que, por lo general, escribimos porque estamos solos, y nos leen para no sentirse tan así. Creo que en el fondo estabas tan solo como yo, no hay otra. Pero hablo de una soledad diferente, no necesariamente amarga. Una soledad poblada de Paz con mayúsculas. Y ese esfuerzo (leer, escribir,  pintar, componer,…) no siempre nos sale bien. Y también precisa de introspección. Que te voy a explicar.

 

Para Murakami escribir largo, como sucede al escribir un relato o novela,  es una carrera de larga distancia en la cual suelen acontecer muchas cosas, incluso ideas de abandono o enviarlo todo al traste, y lo conozco porque también he combinado ambas aficiones que precisan de esa constancia y tenacidad. 

Habrás dado buena cuenta de que rememoro, insertándolas en mi texto, frases (no todas, claro), expresiones, construcciones, formas, colores… que me han sugerido, que he creído daban sentido a esta carta abierta que en el fondo te pertenece, aunque presiento que ya son un poco de todos tras leerlas y compartirlas en el patio de butacas. Tal vez te veas reflejado en lo que digo. Otras en lo que omito. 

 

Como creo que he expuesto antes, en lo personal, ni tan siquiera llego conocerte ligeramente. A veces eso es una ventaja y otras no. Solo por lo que he leído tuyo.  Aunque  es casi como si te tuviera delante. Pero no quieras ver nada de pedantería en lo que casi afirmo con cierto rubor, eso sí; al contrario, respeto y admiración por lo que has (habéis) alcanzado. Ya he dado el primer paso. Ahora el segundo: Contento por lo leído y vivido.

¡Ojalá tuviéramos más tiempo! Añado: No todo es lo que parece,  ni siquiera el tiempo. Pero así resulta el color de su disfraz cuando  sucede.

 

Bienvenido, a donde sea.

 

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