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31 Ene 2024

LA SUTIL SOLEDAD DEL CIBERCAFÉ

El individualismo se erige sobre factores socioeconómicos. “Lo que nos hace más individualistas es nuestro trabajo, y más específicamente las profesiones liberales”, Igor Grossman asevera. De todos los marcadores del estudio, los cambios en la clases sociales es el único que precede a las mutaciones hacia el individualismo de las sociedades a través del tiempo. Se valora que el crecimiento del individualismo está directamente asociado al auge de los “trabajos liberales y de oficina” (White collar occupations) que sustituyen a los trabajos cooperativos propios de la clase obrera (Blue collar occupations, en su acepción anglosajona). En consecuencia el individualismo decrece en los trabajos manuales. Ahora la revista científica Psychological Science …

… de la mano de Grossman  lo asegura de manera fundada. En definitiva, que llevamos pensando más en nosotros mismos en detrimento del bien común  hace más de cien años. Por tanto no es consustancial a los baby boomers, ni a las generaciones X o Y, ni a los milenials. La percepción de las diferencias intergeneracionales, es un fenómenos que se da en todas las etapas históricas. Siempre es lo mismo. Nos parecemos mucho más unos a otros que lo que imaginamos. Pero debemos considerar otros factores a parte del trabajo,  como el religioso y el geográfico, dado que algunas veces pueden fomentar estos el individualismo de manera más marcada. Existe religiones más individualistas (protestantismo vs cristianismo), y zonas geográficas más alejadas y poco pobladas.

Individualismo es lo que percibo en el interior de cibercafés de reputadas  cadenas. Me pregunto si tal vez son un modelo a escala de la sociedad. Y si no estás de acuerdo con lo que intento expresar no hay  mejor experiencia para comprenderlo que  sentarse a la mesa de uno de ellos y pararse a  observar. Si el café clásico, el bar, la bodega, la plaza…era un lugar de encuentro para socializar, en los “ciber lugares” se suele abrir el ordenador para perderse en la pantalla sin más a cambio de pagar por una escueta consumición  con derecho a wifi “gratis” por un rato además. Desconozco si el tipo de clientela de “larga estancia” es el blanco objetivo de la cadena o no; y si la wifi es el señuelo. Incluso si al cliente le importa un bledo o mucho el coetáneo de la mesa colindante. Pero por las miradas  parece que... cada uno está en lo suyo.

Me indago sobre  si la clientela no se encontraría más a gusto  en  su casa  que en local ajeno, pero al hacerlo me olvido de valorar el peso nada despreciable del silencio de los tabiques  y el vacío de los volúmenes que conforman las viviendas y, por supuesto, de   valorar que a lo mejor ver gente alrededor les lleve irremisiblemente a sentirse menos solos o dicho de otra manera, falsamente acompañados. A grosso modo todo conlleva sus servidumbres, la compañía y la soledad también. A mí a veces me ocurre, aunque he llegado a la conclusión de que la soledad es indisoluble, me refiero a que forma parte de la existencia humana y por lo tanto es inseparable, sin obviar que la acepción de la palabra ‘compañía’  no transmite por si sola la sensación de sentirse contenido en la vida.

Nada,  que delante  de mi casa coexiste un cibercafé junto a otros establecimientos tipo: bodega,  bar, restaurante, comercio, garaje… y cuando paso por delante o me contento con tomar algo en el cibercafé  lo constato. En la bodega se respira otra atmósfera además de que los parroquianos suelen trabajar en otras profesiones más cooperativista, entonces puede suceder sin esfuerzo unirte a una conversación ya empezada por informal que sea o comenzar una nueva. Con quien sea, incluidos quienes  regentan el negocio si no abunda la clientela a según que horas. Siempre hay momentos bajos. En los negocios y por  extensión en  la vida individual también.

En cambio en el cibercafé descubro otra realidad, pues la clientela anda pendiente de la pantalla y atenta a lo que le dictan los pinganillos. Así es difícil relacionarse con el de al lado, al menos de la manera que me es familiar, o conozco: la tertulia.

También en los centros de las grandes ciudades devoradas por el turismo, que por ende ya no están dispuestos para la vida social como antaño, sino para el negocio, se da  situación pareja. ¿La prueba? Que por mucho que  cueste reconocer,  el núcleo social es cada vez  más estrecho  e íntimo; reducido,  y ello implica relacionarnos mayormente con  familiares y amigos más cercanos (que no afines por fuerza) a nuestra realidad pero sin profundizar más allá. Cada uno tiene su cuota de tiempo y no está dispuesto a compartir por la simple razón de que el tiempo no se puede comprar. Pero dime apreciado lector: ¿qué mayor regalo que ofrecer tu tiempo a los demás? No busques, no existe. Experimentarás que compartirlo encierra sólo que  bondades y guardarlo para uno mismo, puede ser que nada más que servidumbres. Pero eso es harina de otro costal.

De jóvenes quedábamos a una hora en tal o cual sitio, y si no había nadie conocido siempre había alguien con quien intercambiar experiencias y preguntar por si había visto a quienes buscábamos.

Pero bueno: siempre queda el mismo remedio  en la calle, en la plaza, en casa, en el transporte público, en el cibercafé  o allá donde nos encontremos el “calor” de:  hacer scroll en las páginas de internet o la fraternidad de las redes sociales.  Para quienes las tengamos a mano, claro.

Total, que me decanto por  la bodega donde se sirve un buen vermut; y lo mejor: se intercambian ideas.  Y por qué no, también con las paredes de mi casa donde el silencio es tan abundante y es por eso que me habla tanto.

 

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Me gusta deslizarme entre la música; caricaturizar las sombras y reírme de ellas. Dejar el globo de mi imaginación remontar el cielo
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