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Elementos filtrados por fecha: Junio 2023

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LA NOCHE

Noche oscura. Alma cerrada, sin luna. La luna no miente. Canturrea el fulgor de las estrellas. Cierra la brisa. El cricri de los grillos coquetea con el canto de las aves nocturnas entre ramas. Abren las alas los ladridos. Y sucumbe el alma en el abismo de las tinieblas. Bate el pensamiento. Se extiende la mudez. Y finalmente se libera la palabra de la anomia junto a todo ese escenario dulce  que embriaga.

Se encierran silencios. Vuelan pensamientos. Se inician. ¡Ya está!, la vida vuelve. Los primeros compases de la soledad se suceden cual recuerdo; nacen y se desvanecen como notas al viento. Se depuran y afinan los pensamientos. Siente. Presiente. Hasta persiste entretanto hago y deshago. Así, despacio, junto a un lápiz y un cuaderno,  reposa la ingrávida palabra sobre la estepa blanca y rayada.

La noche. Negrura intensa. Azabache en los confines. Esencia cerrada sin luna. Astros vacilantes. Titilan. Sucumben. Agonizan. Fenecen contra una  densa opacidad escrita con parpadeos monolíticos en lo alto y próximos,  como los elementos del mismo granito. 

Enjuta como una caña me habla así, doblada. Irremediable delgadez flexible que se torna vertical cuando se libera. Que no se rompe, que se arquea, cede y dobla si acaso hasta el crujido. Llega así el quejido consecuencia de partirse más tarde. La rotura. Se manifiestan los primeros estertores  que ponen fin a una vida altiva hasta que todo vuela fugaz y etéreo como el alma. Se ausenta, sucumbe y se astilla. La vida, ¡ ay la vida!, la esencia, la existencia, el alma, todo gira como la tierra, el mundo, el tiempo. ¡Cambio!

Una oscuridad macular se sincera en todo su monótono matiz. Sin luna. Negra, densa, aunque rayada por la vía láctea y absolutamente moteada por cuerpos celestes se postra sin mundo. Regenerada. Venerada. Obsolescente, caes sin miedo y me cubres con tu manto hasta confundirme con  idéntico bardo tarareando una dulce nana silente. Me abandono. Aparto la mirada. Cierro los ojos hasta que no soy nada.

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LLUEVE

Llueve. En estos momentos se deja una tormenta que se cuela entremedio de los dedos de un plúmbeo crepúsculo . Se oye claramente y sin prestar atención la percusión  sorda de las gotas de agua al golpear la tierra.

Ahora se descuelgan centelleos. Señales  del cielo como breves luces que foguean una  atmósfera densa y lenta, casi divina. Al rato,  llega puntual la prisa del rayo y se escucha claramente un canto atronador pausado por el equilibrio del tiempo.

Hoy cae la noche antes y lo hace colmada de misterio. Húmeda. De timbre grave. El tiempo parece ralentizarse, incluso la vida.

Llueve rápido ahora; a intervalos se deja lenta. Densa en todo caso. Cual cortina tupida.

Cae un agua pesada como cristales de osmio, con vigor y sin tregua. Insistentemente. Más cargada que en ocasiones los aconteceres de la propia vida. Luces y sombras.

Durante este crepúsculo, los verdes desiguales de las hojas  se tornan  suavemente  grafito. Lentamente, tienden a su infinito oscuro hasta  uniformizarse desentendiéndose del arcoíris previo que les brindaba un  esplendor iridiscente.

Pero cae la tarde sin pausa como lluvia del cielo. Como llanto ajeno ahogado por estruendos certeros, sordos y lejanos. Como el tiempo, como nada y como todo.

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FRAGMENTOS

La ciudad se desentiende de la noche y por puro milagro la mañana despierta sueños de alcoba y  almohada.

Salí de casa a esa hora que la claridad aún es mortecina, aunque alumna aventajada del primer sol, cuando se prepara para el primer asalto. 

Prescindí de su abrazo para dejarme agarrar por la picardía de la calle. A un acostumbrado nunca le está de más y le queda a medida la novedad. Confieso que me sedujo de repente. 

Entre tanto se daba ese asedio que fusiona el sentimiento con el paisaje urbano, tropezó  con la ciudad rendida y arrodillada sobre el enlosado del paseo de Gracia a la manera de una avenida rota, de lunas quebradas y de escaparates opacos, por continuar a la defensiva de la eventual violencia quijotesca sirviéndose de tablas de madera y marcos de hierro a modo de escudo de Sancho Panza, y en nombre del manifestado descontento social, porque el mal es el único bien que se hereda sin impuestos que lo minoren y, en consecuencia, se le atribuye  un destino tan fácil como débil y, además, decidido de antemano, y este acostumbra a echar sobre lo ajeno como burda expresión.

Poco después, acallando el jaleo intrínseco de toda ciudad que se cree cosmopolita, sintiendo la tentación por el colorido de sus prisas y por las ganas de fundirme en la nostalgia venida a menos de aquellos días adolescentes, descendí sin menoscabo alguno a través de sus fauces, por las escaleras de la estación de Provenza.

Afuera la ciudad se desentiende de la noche por puro milagro. De manera parecida preferiría no ser nadie que no soy, ni siquiera aquel que imagino ser.

 

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Me gusta deslizarme entre la música; caricaturizar las sombras y reírme de ellas. Dejar el globo de mi imaginación remontar el cielo
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